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C'est justement à ça que l'application sert.

Cool Beurk !

Hay una línea fronteriza: a un lado están los que hacen los libros, al otro los que los leen. Yo quiero seguir siendo una de las que leen, por eso tengo cuidado de mantenerme siempre al lado de acá de esa línea. Si no, el placer desinteresado de leer se acaba, o se transforma en otra cosa, que no es lo que yo quiero. Es una línea fronteriza aproximada, que tiende a borrarse: el mundo de los que tienen que ver profesionalmente con los libros está cada vez más poblado y tiende a identificarse con el mundo de los lectores. Cierto que también los lectores se vuelven más numerosos, pero se diría que los que usan los libros para producir otros libros crecen más que aquellos a quienes les gusta leer libros, sin más. Sé que si cruzo esa frontera, aunque sea ocasionalmente, por casualidad, corro el riesgo de confundirme con esa marea que avanza […]

  ~ Si una noche de invierno un viajero; Italo Calvino.

[…] Ahora, por ejemplo, caigo en mi propia tumba. Me levanto.
Escupo donde antes estaba mi epitafio. Me aborrezco
por mi origen, por todo lo que no sé de mi pasado.
Por todos los que murieron y dejaron mi sangre,
perdida entre mis ojos.
Ahora me visto de mendigo. Me arrastro por las calles.
Les pido limosna para asustarlos o para avergonzarlos.
Les digo que se vayan al carajo. Que me han robado el puesto
y la luz.
Que, un día,
los echaré a patadas o los colgaré.
Y es de ver cómo corren por su alma.
Es de ver la cara que se ponen. Es de ver
que una palabra ha de bastar
para que de una vez pierdan la guerra.

  ~ Estar solo; Marco Ramírez Murzi.

La música es lo más difícil, esa es la verdad, la música es lo más difícil de encontrar, para decírselo, tan cerca uno del otro, la música y los gestos, para disolver la pena, precisamente cuando ya no hay nada que hacer, la música apropiada para que, de alguna manera, sea una danza y no un desgarrón ese marcharse, ese deslizarse, hacia la vida y lejos de la vida, extraño péndulo del alma, redentor y asesino, si supiera uno bailarlo haría menos daño, y por eso los amantes, todos, buscan esa música, en ese momento, dentro de las palabras, en el polvo de los gestos, y saben que, si tuvieran coraje, sólo el silencio sería música, música exacta, un largo silencio amoroso, un claro en la despedida y un cansino lago que al final se desliza por la superficie de una pequeña melodía, aprendida desde siempre, para cantarla en voz baja.

  ~ Océano mar; Alessandro Baricco.

[…] quiero hacerle comprender que el destino no es una cadena, sino un vuelo, y que bastaría con que tuviera ganas de vivir, verdaderamente, para hacerlo, y que bastaría con que tuviera verdaderas ganas de mí para volver a conseguir mil noches como esta en lugar de la única, horrible, hacia la que corre, solo porque ella, la noche horrible, lo espera, y hace años que lo reclama.

 ~ Océano mar; Alessandro Baricco.

La única persona que de verdad me ha enseñado algo, un viejo que se llamaba Darrell, decía siempre que hay tres clases de hombres: los que viven frente al mar, los que se internan en el mar y los que logran regresar, vivos, del mar. Y decía: ya verás qué sorpresa cuando descubras cuáles son los más felices. Yo era un niño, por aquel entonces. En invierno miraba las naves en dique seco, sujetas con enormes armazones de madera, con el casco al aire y la quilla cortando la arena como una cuchilla inútil. Y pensaba: yo no me quedaré aquí. Quiero llegar hasta el interior del mar. Porque si hay algo cierto en este mundo, está allí. Ahora estoy allí, en lo más profundo del vientre del mar. Todavía estoy vivo porque he matado sin piedad, porque como esta carne arrancada a los cadáveres de mis compañeros, porque he bebido su sangre. He visto infinitas cosas que desde la orilla del mar son invisibles. He visto lo que de verdad es el deseo, y lo que es el miedo. He visto a hombres desmoronarse y transformarse en niños. Y después cambiar de nuevo y convertirse en bestias feroces. He visto soñar sueños maravillosos, y he escuchado las historias más hermosas de mi vida, contadas por hombres cualesquiera un instante antes de lanzarse al mar y desaparecer para siempre. He leído en el cielo signos, que no conocía y contemplado el horizonte con ojos que no creía poseer. He comprendido lo que es verdaderamente el odio sobre estos tablones ensangrentados, con el agua del mar encima, pudriendo las heridas. Y no sabía lo que es la piedad antes de haber visto nuestras manos de asesinos acariciando durante horas los cabellos de un compañero que no acababa de morir. He visto la fiereza en los moribundos arrojados a patadas de la balsa, he visto la dulzura en los ojos de Gilbert mientras besaba a su pequeño Léon, he visto la inteligencia en los gestos con que Savigny bordaba su masacre, y he visto la locura en aquellos dos hombres que una mañana abrieron sus alas y se marcharon volando, por el cielo. Aunque viviera mil años más, amor sería el nombre del leve peso de Thérèse, entre mis brazos, antes de deslizarse entre las olas. Y destino sería el nombre de este océano mar, infinito y hermoso. No me equivocaba allá en la orilla, en aquellos inviernos, al pensar que aquí se encontraba la verdad. He tardado años en descender hasta el fondo del vientre del man pero he hallado lo que buscaba. Las cosas ciertas. Incluso la más insoportable y atrozmente cierta entre todas. Esta mar es un espejo. Aquí, en su vientre, me he visto a mí mismo. He visto de verdad.

  ~ Océano mar; Alessandro Baricco.

Lo que me dijo la muerte:

Tú estás aquí para cuidar de que una lámpara no se extinga. Hay muchas lámparas y no sabes cuál es la que te toca cuidar. Yo apago las lámparas y tú tienes que luchar conmigo. Si vences te diré el nombre del fuego que tienes que guardar. Si yo venzo de nada te servirá saberlo; de nada te servirá la ayuda de esos dos hombres, el gordo y el pequeñito que han violado la entrada a este lugar; de nada te servirá, si pierdes, la ayuda de Dios para salvarte.

  ~  Mnemothreptos; Salvador Elizondo.

Enciende la luz. Estoy para siempre hastiado de esas reticencias mujeriles infundadas. No quiero que lo que algún día será tu recuerdo en mi memoria esté sometido a ninguna posibilidad de falacia. Enciende la luz y repíteme tu nombre claramente al oído. Quiero saber quién eres, indudablemente. No quiero que en un entonces que alguna vez vendrá pueda decir que te ignoro. ¡Ah, qué bien, qué sabiamente sabes dormir a mi lado y qué grata y concreta me será tu memoria cuando ya te hayas ido!

Yo quiero conocerte ahora como se conoce una montaña y no como se ignora una caverna. Ven, ven aquí junto de mí. Te lo imploro. Ven. Que nunca haya olvido entre tú y yo.

~ El retrato de Zoe; Salvador Elizondo.

La mariposa es un animal instantáneo inventado por los chinos. Estos objetos se fabrican, generalmente, de finísimas astillas de bambú que forman el cuerpo y las nervaduras de las alas. Éstas están forradas de papel de arroz muy fino o de seda pura y son decoradas mediante un procedimiento casi desconocido de la pintura secreta china llamado Fen hua y que consiste en esparcir sutilmente unos polvillos coloreados sobre una superficie captante o prensil formando así los caprichosos diseños visibles en sus alas. En el interior del cuerpo llevan un pedacito de papel de arroz con el ideograma mariposa que tiene poderes mágicos. Los fabricantes de mariposas aseguran que este talismán es el que les permite volar. Los que se ocupan de estas cosas, los letrados —sensores o sinodales—, también algunos de nuestros generales que con frecuencia consultan el augurio llamado de la mariposa o Pu hu, para saber el resultado de las campañas que emprenden, dicen que las mariposas fueron inventadas, como todas las cosas que hay en China, por el Emperador Amarillo que vivió en la época legendaria del Fénix y a quien también se debe la invención de la escritura, de las mujeres y del mundo.

~ La mariposa (composición escolar); Salvador Elizondo.